Por Pbro. Dr. Marcelo Trejo.
San Gil y la fe caminada del Santiago profundo San Gil y la fe caminada del Santiago profundo
La fiesta de San Gil permite leer, en clave espiritual y social, una parte profunda de Santiago del Estero: la de quienes sostienen la fe desde los márgenes, caminan por promesa y convierten su devoción en una forma de memoria, dignidad y reclamo.
Por eso, cada 25 de agosto, millas de promesas se ponen en marcha desde Sacha Pozo hacia La Banda y, cruzando el río Dulce, llegan a Santiago Capital. No avanzan solo con una imagen: van hacia un reconocimiento. En ese movimiento, San Gil deja de ser únicamente un santito popular y se vuelve el nombre de una fe que busca ser vista.
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En ese sentido, la peregrinación no es solo un traslado físico. Es un lenguaje. Cada paso dice algo que no siempre puede expresarse en palabras: avanzo porque necesito ser visto; avanzo porque mi vida, aun cuando duele, no se detiene; avanzo porque mi promesa sostiene mi historia; Avanzo porque mi fe es lo único que no me quitaron.
La marcha es una forma de dignidad, una manera de transformar la fe en movimiento y de convertir la esperanza en gesto. En esa fiesta colorida del peregrino, el Santiago profundo se vuelve visible, digno y luminoso. Caminar es rezar. Aquí, el pueblo mira a su santo, y el santo mira a su pueblo. En esa mirada, los ninguneados dejan de ser fondo social y pasan al centro de la escena.
Allí se expresa una fe profundamente católica, atravesada por un estilo bagual ancestral. No responde del todo a manuales litúrgicos ni a estructuras rígidas: nace del territorio y de la vida cotidiana. En esa experiencia, lo sagrado y lo común no se separan. Es una fe que brota sin permiso y sin legitimaciones previas.
Por eso, desde sus orígenes, San Gil fue mirado con cautela: no tiene "vida documentada", no tiene "historia oficial", no tiene "canonización". Su devoción es emocional, corporal y profundamente autónoma. Es una fuerza de pueblo que no se deja domesticar, que se mueve sola, que avanza sin pedir permiso. Y lo que nace desde abajo, sin control, suele incomodar.
Este santo llevado en andas obliga a mirar la fe desde un lugar religioso y social distinto, desde la vida diaria de los pobres campesinos y suburbanos. Esa mirada descendera, sobre todo a la vida ciudadana: lo que para unos es tradición viva, para otros es desorden; lo que para unos es identidad, para otros es confusión; lo que para unos es fe, para otros es puro ruidaje.
Así, San Gil revela un Santiago que existe, pero que muchos no quieren mirar. Su devoción es un espejo que muestra otra faz provincial: el Santiago profundo. Esta lectura social de la peregrinación no niega su raíz religiosa; al contrario, la despliega. La fe popular no aparece aquí como evasión del mundo, sino como una manera de nombrar lo que duele y de sostener la esperanza allí donde las respuestas institucionales llegan tarde o no llegan.
El magisterio de León XIV ilumina esta experiencia popular. Cuando afirma que no podrá haber paz sin justicia, ayuda a leer la peregrinación de San Gil como algo más que una expresión devocional: es también una forma humilde y persistente de recordar que la dignidad del pueblo no puede seguir esperando.
Visto así, no se trata solo de alcanzar consuelo ni reducir la devoción a un fenómeno folklórico. Es memoria, reclamo y esperanza encarnada de pueblos postergados. Este gesto colectivo dice, sin discursos, que la fe también sabe señalar heridas y pedir respuestas.
En ese trasfondo, aparece el Santiago profundo que sigue cargando sobre sus espaldas la desigualdad, la falta de oportunidades y la distancia entre los centros urbanos y los parajes rurales. Los pobres avanzan porque las respuestas no llegan hasta donde viven. El recorrido es un mapa de necesidades: salud, trabajo, caminos, agua, vivienda y reconocimiento: ¡soy santiagueño, tengo derechos!
La Iglesia también recibe un mensaje claro. San Gil nació fuera de los templos, sin manuales y sin legitimación previa, pero expresa una fe cierta. Esta devoción le recuerda que no todo lo valioso nace dentro de las instituciones. Por eso, la comunidad eclesial está llamada a la cercanía: a escuchar y acompañar su paso al de ese pueblo creyente que busca vida y dignidad. La marcha obliga a mirar, porque lo que no se ve no se entiende y, mucho menos, se acompaña.
De este modo, en San Gil, los ninguneados de siempre no aparecen como nota al pie de la historia: ocupan el centro. Y al hacerlo, vuelve visible lo que tantas veces se encuentra invisible: una fe tenaz y probada, capaz de sostener la vida cuando todo lo demás tarda en llegar.
Por todo ello, una vez más, la Parroquia de San Roque recibe con gratitud a los peregrinos de San Gil: a ese pueblo creyente que llega con su santo, con sus promesas y con la "magnífica dignidad" de quienes nunca dejaron de creer y esperar en Dios.








