Santiago

Nutrición y búsqueda del placer

Por Gisela Colombo.

Las recientes investigaciones en el campo de la neurociencia han abierto la posibilidad de comprender a un nivel mucho más profundo el funcionamiento de la mentada "unión hilemórfica" de la cual supo hablar Aristóteles siglos antes de Cristo. 

Esa unión no fue para el físico otra cosa que el vínculo intrínseco y estrechísimo entre el cuerpo y la psique. 

No es novedoso que, en un momento de reposo, alguien sueñe que está en el baño y su cuerpo acabe por mojar la cama. La urgencia orgánica conduce la psiquis a generar imágenes ligadas a la acción que liberaría al soñador. Y, por su parte, tejiendo esas imágenes en la conciencia, el cuerpo decide descargarse.

Pues hoy la medicina tiene la posibilidad de comprender esos enlaces intrínsecos con mayor rigor que el de una simple hipótesis, y puede hacerlo a otros niveles. 

En el ámbito de la nutrición hoy descubre la ciencia algunos mecanismos psíquicos y hasta filosóficos que conducen los trastornos. 

La creciente sensación de que la comida debe suscitar placer más que ningún otro efecto es raíz de muchos de los problemas que tiene el mundo moderno en el ámbito de la alimentación. Aunque, si nos ponemos rigurosos, podríamos afirmar que la búsqueda de placer como efecto primero convoca, no sólo a la nutrición, sino a todo ámbito de lo humano. Es casi un signo de los tiempos.

Enfoquémonos esta vez, sin embargo, en la comida. La neurociencia aborda estos fenómenos y registra que el placer es la mayor y más presente motivación para alimentarse. 

Sin embargo, la búsqueda del placer por medio de la comida no proviene únicamente de una necesidad física. Eso es claro. Tal vez una frase popularmente cantada eche luz al asunto. 

"Los vicios no son del cuerpo" reza "Pulsar", de Gustavo Cerati.

La necesidad que lleva al abuso desustancias, —incluidas las que pudieran ser nutritivas en justamedida—, parece provenir de un pozo oscuro a mitad de camino entre lo instintivo y lo inconsciente, entre ideas antiguas no del todo claras y las verdaderas necesidades orgánicas. Tampoco falta en ese complejo de haces contradictorios aquello que la sociedad propone como imperativo saludable, o rechaza por nocivo y evitable. En esa melangeemerge la compulsión.

¿Placer o Felicidad?

La primera confusión consiste en concebir el placer como felicidad, o viceversa. La confusión de los límites y las diferencias convierte el gozo de tomarse un helado en la fórmula evanescente de la felicidad. Cualquier asunto amargo dispara, entonces, la necesidad de generar ese placer. Un placer compensatorio.

Pero como no se trata de felicidad sino de un estímulo pasajero, la sensación de bienestar dura poco. Una vez que se retira, la química del organismo necesita más. Es que, en los segmentos de disfrute se segrega dopamina.

La dopamina excita a la siguiente neurona, es decir, contagia la necesidad. Y cuando las neuronas son estimuladas muy seguido, tienden a morir. Como consecuencia, las neuronas tienen un mecanismo de conservación que consiste en reducir el número de receptores disponibles. Ése es su intento de morigerar el daño. Al llegar a alto nivel de estímulo, se reducen los receptores y entonces para sentir lo mismo debe multiplicarse el estímulo porque no existen los mismos receptores: ha bajado la sensibilidad. A esa insensibilidad creciente se le llama "tolerancia" y es la que explica que un placer se vuelva adictivo. Cada vez se necesita más sustancia para provocar la misma sensación.

El momento en que las neuronas empiezan a morir es cuando se reconoce como "adicción".

Pero la química del cerebro también dispone de otras fórmulas alternativas. La serotonina inhibe, en cambio de estimular. Inhibe y neutraliza al receptor para dar paso a la satisfacción, para dejar en calma la necesidad. Ésa —y no otra— es la sensación de la felicidad. Lo mismo que siente quien se percibe en armonía con el universo de los estímulos, quien experimenta la calma de sus pasiones, la paz.

Para el Doctor Robert Lustig, mientras la dopamina multiplica las necesidades, genera inmediata y evanescente satisfacción, es imagen del placer pasajero, estimula la soledad en el goce, se alimenta del recibir, y se sacia solo con algo externo; la serotonina satisface en la mesura, tiene una duración mayor y provoca la sensación de estabilidad, de estar en control de las propias pulsiones; favorece el goce en compañía y estimula los vínculos. Donde se segrega serotonina, opera la calma, se repone energía y se promueve el dar, más que el recibir. 

La serotonina baja en presencia de la dopamina, como no podía ser de otro modo. Esto describe un círculo vicioso iniciado inocentemente en un placer, pero que acaba por ser adictivo e inevitable, jamás llega sin la impresión de tener que saciar una sed que nunca cede.

¿Cuál sería la respuesta social a estas verdades biológicas responsables de nuestros males en términos de nutrición? 

Quizá no sea simple diseñar una acción efectiva y de alcance social. Seguramente. Tal vez no sea sino una combinación de acciones a distintos niveles lo que pueda resolver la problemática.

 Lo que es seguro es que la solución no devendrá de poner cartelitos negros que demonicen nutrientes. Pintando hexágonos de alerta en los packagings regulados, que declaren su malevolencia natural. 

En un mundo en el que un gran porcentaje de jóvenes no disponen de las proteínas necesarias para su funcionamiento en salud, los íconos de peligro no logran más que distorsionar un poco más la relación destructiva del hombre moderno con sus necesidades de supervivencia.

Hace décadas los nutricionistas han señalado algunos efectos de la mala nutrición impensados. Hemos oído que algunas pulsiones instintivas como el hambre y la sed comenzaron a ser manipulables por medio de prácticas salvajes del marketing y publicidad.

Desde los años ochenta, la profesionalización publicitaria y su impacto en el resto de las industrias fue provocando algunos inconvenientes que nunca antes habían existido. 

Entre ellos, se hicieron visibles trastornos como aquél que atañía a las bebidas colas más populares. En su momento, los especialistas llegaron a hablar de un fenómeno por el cual el exceso de azúcares que tenían esas bebidas confundía la sensación de sed con la de hambre. 

Las consecuencias podrían haber sido devastadoras si la tendencia no hubiese reaccionado a tiempo y propuesto hábitos más saludables, que equilibraron un poco la balanza.

Hoy volvemos a asistir a problemas semejantes. Aunque, al parecer, bastante más profundos. Diríase, "filosóficos" más que puramente orgánicos. Pero el mecanismo de confusión entre unas necesidades y otras se reedita. 

Nadie se atrevería a negar que la alimentación, como toda satisfacción de una necesidad orgánica, comporta consecuencias placenteras. 

No obstante, según han señalado algunos expertos, la búsqueda del gozo ha ganado cada vez más influjo en los hábitos nutricionales. Entonces ya no es la sed la que se confunde con el hambre, sino el placer el que se desdibuja y confunde con la felicidad.

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